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En el corazón de la villa, encaramado a la loma sobre la que asciende el casco visontino, un recinto alargado derrama sabor pinariego por los cuatro costados. La Plaza Mayor se extiende entre casonas de piedra y puertas de arco carretero, flanqueada por el ayuntamiento, la iglesia y el seminario. Epicentro de la localidad, en ella desembocan algunas de sus calles más emblemáticas, al tiempo que es centro y testigo de fiestas y tradiciones que a lo largo del año conviven con el pulso de la cotidianidad.

Desde el ala sur, un edificio la preside en blanco y factura reciente. Es el consistorio, cuyo doble alero de madera guarda la memoria del antiguo ayuntamiento, mientras su balconada vigila al otro extremo de la plaza el recuerdo del Palacio de los Carrillo. Reducida a cenizas durante la Guerra de la Independencia, hoy solo queda la historia de aquella gran casona que un día del siglo XVIII fuera levantada por una familia procedente de la nobleza alemana, entonces al servicio de los reyes castellanos en Vinuesa. No en vano, esta villa señorial creció al amparo de monarcas y nobles que la eligieron como lugar de esparcimiento, legándole de paso el rico patrimonio que le otorgó el sobrenombre de Corte de los Pinares. Hace unos años, cuando ya nada quedaba de la bella portada renacentista y las columnas toscanas, una construcción en ladrillo se invadía de silencios de los seminaristas de El Burgo de Osma y otros religiosos. De aquellos retiros heredó el nombre el edificio que hoy vemos: este ‘Seminario’ que, de vez en vez, da albergue a las voces y actividades de los distintos grupos que ocasionalmente lo alquilan.

En uno de los laterales de la plaza, muy cerca del ayuntamiento, la Iglesia de Nuestra Señora del Pino proyecta su perfil renacentista sobre el Valle del Revinuesa. El actual templo, cuyo interior alberga elementos góticos como las bóvedas estrelladas o los arcos de medio punto, es fruto de la expansión económica de la villa. Se levantó en el siglo XVI en respuesta a la orden de la corona de renovar los templos siguiendo las nuevas tendencias constructivas. Comenzó la obra Juan Naveda, el que fuera artífice de una de las torres de el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, si bien el maestro cantero murió y hubo de tomar las riendas Juan del Valle, acabándose un siglo después. Esa es la razón de que esta construcción de tres naves y torre de tres cuerpos no presente un aspecto uniforme. La portada, de reminiscencias herrerianas y un antiguo reloj de sol grabado en piedra, da paso a un interior de gran interés, cuya nave central ofrece dos de sus obras más destacables: en la cabecera, el retablo plateresco clasicista de pino, uno de los más importantes de la geografía provincial; a los pies el coro, en el que se halla el magnífico órgano del siglo XVIII.

La imaginación popular es prolija y fecunda. Por eso, una leyenda se asocia a esta Virgen del Pino, bajo cuya advocación se construyó el templo, patrona asimismo de una de las más célebres (y celebradas) fiestas de la provincia. Dicen que, un día una talla de la Virgen se apareció en la copa de un pino que tenía las ramas en el término de Covaleda y el tronco en el de Vinuesa. La disputa sobrevino, y se cuenta que, de no ser porque las visontinas se armaron de ramas de pino para defenderla, la imagen hubiera ido a parar al pueblo vecino.
Otra historia cuenta por su parte que el origen de La Pinochada responde a una lucha por mojones, también contra los covaledenses y asimismo ganada gracias a la intervención de las mujeres. Por ello, cada 16 de agosto y en memoria de una pelea legendaria o real, las visontinas blanden sus pinochos, mientras dicen aquello de “De hoy en un año”. Son las protagonistas de una fiesta de orígenes inciertos y declarada de interés turístico que bien podría tener raíces más antiguas y paganas.

Desde el centro de la plaza, un reciente mayo extraprimaveral preside la escena. Desde su altura, el esbelto pino que los mozos han cortado y aupado vigila el remolino de colores en los mantones de las piñorras. Durante el desfile, la cofradía de los casados porta la imagen de Nuestra Señora del Pino; los solteros, por su parte, llevan a San Roque. Luego simularán un combate. Dos veces vencerán en el simulacro los casados; después, todos lanzarán al aire sus sombreros, en señal de victoria compartida.
Mas muchas son las leyendas y relatos que recorren el pasado de esta tierra. Memorias de fertilidad y cosechas, romances contados a la luz de la lumbre, historias de asesinatos, oscuras aguas de laguna sin fondo… El acervo ancestral atraviesa el corazón y la periferia de esta localidad señorial y antigua que se alza en el epicentro de los Pinares. Ella, mecida por las aguas del embalse y el olor de las acículas, alza su arquitectura de alero y chimenea cónica sobre el valle del Revinuesa. En las traseras de la iglesia, al final de la calle Camarilla, una suerte de mirador natural se asoma sobre el pantano. Desde él, una hermosa panorámica se extiende a los pies del viajero: es la promesa del magnífico entorno natural que envuelve la villa. Espacio generoso en rincones para el baño, la micología, el deporte de aventura, las excursiones y rutas a pie o en bicicleta de montaña, los senderos de pequeño y gran recorrido… El inmenso patrimonio ambiental que atraviesa una de las manchas boscosas más extensas del país, surcada de posibilidades y verde fecundo.



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